Vero me ha hecho reflexionar sobre los interrogantes constantes del ser humano. ¿De donde venimos? ¿A dónde vamos? Bla bla bla…Hoy, y desde un punto de vista pragmático, carece de sentido preguntarse todo esto, ¿que importa de donde vengamos?. Y ¿a donde vamos? Los acontecimientos que nos suceden a lo largo de nuestra vida son una mezcla, no a partes iguales, de causa-efecto y probabilidad. Afirmar lo contrario, véanse participaciones divinas, o pertinentes sinos astrales, es alejarse vilmente de la razón, axioma del ser humano, y por lo tanto, alejarse de mi yo mas empírico.

 

Tal vez, mas que preguntarnos a donde vamos, deberíamos reflexionar sobre hacia donde queremos ir. Variopintas las respuestas que cabrían al preguntar esto a toda una sociedad, pero acaso, ¿no estarían todas ellas encaminadas hacia la felicidad ultima? ¿No es, pues, nuestro objetivo en la vida llegar a ser felices?

 

Muchos dirán que no, que existen otras metas en la vida, dedicaciones poco afables, a simple vista, de la vida de cada uno; o que la felicidad es solo y simplemente un estado alcanzado mientras se buscan otros objetivos; o que se pueden enfocar los esfuerzos de la vida propia en luchas, meramente sociales, derogando el bienestar/felicidad propio; paliar diferencias, curar enfermedades, reestructurar sociedades, moldear civilizaciones, cambiar valores arcaicos todavía en uso, incluso …cuidar el planeta.

 

“¿Acaso no alcanzará la felicidad un ecologista el día que consiga cambiar, por poco que sea, la actitud arrogante del ser humano hacia el planeta?”

 

 

Cualquiera de las acciones, por grandes o pequeñas, por individuales o colectivas, por regionales o universales que pudieran parecer, pueden, y deben englobarse dentro de la búsqueda de la felicidad. No importa si fue esta búsqueda lo que nos motivó o no, pues de igual forma la habremos alcanzado.

 

“¿No alcanzara el cenit en su virtud una persona que dedique su vida a mejorar la de los demás cuando compruebe que lo ha conseguido?”

 

Nos hallamos, entonces, antes una sociedad que se asienta a la vera del hedonismo, en el sentido mas lato del mismo, ya que si bien hablamos del posicionamiento de la felicidad como fin último, hemos de aclarar que estamos anteponiendo el placer espiritual frente el placer físico. Seria más oportuno llamarnos entonces eudemonistas.

 

Y esto, aunque pueda parecer lo contrario, no es malo.

Siempre consideré la existencia de verdades propias, creadas. Posiblemente validas solo a nivel personal. Una forma tanto de reafirmar los pensamientos como de justificar tus actos. Es un escudo, una argucia para defenderse ante los juicios arbitrarios, los pareceres ajenos, todos malversaciones de la realidad.

 

Buenos tiempos aquellos en los que, y con la ingenuidad por bandera, teníamos el pensamiento de que todas las personas eran buenas, por defecto, o al menos lo eran aquellas que realmente te importaban. Atrás quedó ese mundo, del “bueno” porque si. Y no porque la gente cambiara, que también, sino porque cambiaron las relaciones y las formas de llevarlas a cabo; El cristal por el que miramos alrededor también se ensucia.

 

Un día te sorprendiste porque, aunque siempre habías pensado lo contrario, te llegaron ecos de inverosímiles realidades: “el mar ya no era azul”. Tal vez por la forma de enterarte, por el interlocutor, o simplemente, por la afirmación tan devastadora, ese día empezaste a mirar al cielo de otra manera (culpable de un vil reflejo). Justos por pecadores. Tu mundo se venia abajo…

 

“Si el mástil mas fuerte de los que agarran tu vela se rompe, ¿que puedes esperar de los que aun están en pie?”

 

Al pasar el tiempo, y aun sintiéndote pleno de verdades propias, adquiriste conciencia de que estas ya no son tan absolutas, que uno mismo puede cambiarlas, hacerlas evolucionar, pues nosotros, al igual que el mundo, también cambiamos. Así me relaciono con mi entorno, así se relaciona el entorno conmigo.

 

“Cada uno da, lo que recibe… Luego recibe lo que dá…nada es mas simple, no hay otra norma, nada se pierde, todo se transforma” .- Jorge Drexler

 

Lo que realmente aprendes con el tiempo, es a poner cada cosa en su sitio, a cada fruta en su cesta, a cada deidad en su altar…

 

“Lo que puedes esperar de los otros mástiles es que te hayas equivocado, y finalmente sean éstos los fuertes, y no aquellos que perecieron”

 

Aprender a discernir, el cuándo y el qué puedes esperar de quien, nos ayudará a no sentirnos decepcionados nunca, y a apreciar, en su justa medida, los vínculos que nos unen.